La culpa en la familia: cuando el afecto se convierte en carga

La familia suele ser nuestro primer lugar de cuidado, aprendizaje y protección. Además, es el espacio donde empezamos a experimentar todas las emociones, tanto positivas como negativas. Según crecemos, se generan emociones más complejas, entre ellas la culpa. Todas las emociones, aunque son adaptativas en un principio, pueden volverse lo contrario y afectarnos en el día a día. La culpa, en su función adaptativa, nos posibilita reparar errores y mantener vínculos; sin embargo, puede volverse dañina cuando aparece de forma constante o se utiliza como herramienta de control emocional.

La culpa en el entorno familiar tiene raíces profundas, y numerosos estudios muestran cómo se relaciona con patrones de crianza, expectativas culturales y dinámicas afectivas que afectan a la familia durante generaciones.

¿Qué entendemos por culpa en el entorno familiar?

La culpa surge cuando sentimos que hemos hecho algo mal o como consecuencia de nuestros actos hemos fallado a alguien relevante para nosotros. Dentro del contexto familiar, dicha emoción suele estar influida por la necesidad de aprobación, la búsqueda de armonía y el temor al conflicto, entre otras razones.

Diversas investigaciones de psicología del desarrollo revelan que los niños son especialmente sensibles a la culpa cuando crecen en entornos donde la valoración de toda la familia, pero  especialmente de las figuras parentales o de apego, depende del comportamiento, el rendimiento o la obediencia (Thompson et al., 2000). Si se dan de forma continuada, estas experiencias tempranas, con el tiempo pueden convertirse en un patrón emocional estable en la edad adulta.

La “culpa parentificada”: cuando cuidar se vuelve obligación

Uno de los fenómenos más estudiados es la parentificación, un proceso en el que los roles se invierten y, mientras que los padres asumen el rol de hijos, el hijo asume responsabilidades correspondientes al adulto, tanto emocionales como prácticas. Esto se puede deber a diversos factores pero ocurre principalmente en familias atravesadas por estrés, enfermedad, conflictos
o estilos parentales altamente dependientes.

Las investigaciones de Hooper (2007) muestran que existe una relación entre los hijos parentificados y la experimentación de niveles altos de culpa. Entre los diversos tipos de culpa, desarrollan especialmente la culpa empática (“si no cuido a mi madre, sufrirá”) y la culpa existencial (“tengo la responsabilidad de mantener la familia unida”). Aunque a veces estos hijos desarrollan una gran  capacidad de cuidado, la parentificación desencadena que también presenten más riesgo de ansiedad, autoexigencia y dificultades para poner límites.

La culpa como forma de vínculo: mensajes que dejan marca

En muchas familias, la culpa aparece mediante mensajes sutiles altamente poderosos:

  • “Con todo lo que he hecho por ti…”
  • “Si no vienes, me harás sentir solo/a”
  • “Haz lo que quieras, pero me decepcionas”

Este tipo de comunicación se conoce como culpabilización parental, y se ha demostrado en diversos estudios que tiene un impacto en el bienestar emocional de las personas que reciben este tipo de mensajes frecuentemente. Según investigaciones de Byers et al. (2018), la culpa utilizada como estrategia de control predice mayor angustia emocional y menor autonomía en adolescentes y adultos jóvenes. Incluso cuando no hay un daño real, se puede sentir que las propias decisiones hieren a los demás, especialmente cuando la obligación se mezcla con el cariño.

Culpa y lealtades familiares: el peso invisible de pertenecer

Las familias transmiten normas implícitas “sobreentendidas”, normalmente provenientes de la cultura y la religión: “esto es lo que se espera de ti”, “así se hace en esta familia”. En ciertas familias en las que o bien todos los integrantes siguen un mismo patrón o bien se aceptan estas normas, pueden dar cohesión; sin embargo, en otras familias en las que una persona se diferencia, busca independencia o toma decisiones que no encajan con la tradición familiar, pueden generar culpa.

Existen investigaciones que establecen una relación entre culpa vinculada a estas lealtades y la dificultad para independizarse, sostener relaciones de pareja sanas o tomar decisiones profesionales libres (García & Moneta, 2013).

Consecuencias psicológicas de la culpa crónica

A pesar de que, como se ha mencionado al principio, la culpa es una emoción necesaria, cuando esta se vuelve excesiva o injustificada puede generar efectos nocivos en las personas como:

  • Autoexigencia y perfeccionismo.
  • Ansiedad.
  • Depresión, especialmente cuando se transforma en vergüenza.
  • Dificultad para poner límites.
  • Sensación de responsabilidad excesiva por el bienestar emocional de otros.

Los estudios distinguen entre culpa adaptativa, aquella que ayuda a reparar y conectar, y culpa desadaptativa, aquella que es la que perdura incluso cuando no hemos hecho nada malo o cuando el daño es imaginado.

¿Cómo trabajar esta culpa?

La culpa se puede trabajar de diversas maneras. Las investigaciones en psicología han identificado varias estrategias eficaces:

1. Diferenciar responsabilidad de culpa

No todo lo que ocurre en la familia depende de nosotros ni todo lo que hacemos afecta a la familia. Aprender a distinguir lo que está bajo nuestro control disminuye la culpa que experimentamos.

2. Reformular los mensajes familiares

Cambiar la manera en la que nos hablamos a nosotros mismos. Si en vez de decir “debería hacer…” se sustituye por “me gustaría hacer…”, se contribuye a construir autonomía emocional.

3. Poner límites desde el afecto

La evidencia científica expone que aquellas personas con límites claros experimentan menos culpa y más bienestar (Steiner et al., 2019).

4. Trabajo terapéutico

El trabajo en terapia, especialmente aquellas terapias basadas en autocompasión y enfoque sistémico han demostrado eficacia a la hora de reducir la culpa persistente y mejorar la relación en el contexto familiar (Gilbert, 2010).

Conclusión

La culpa forma parte de nosotros mismos y nos afecta en todos los ámbitos de forma natural. Pero cuando aparece como una carga constante o como herramienta de control, puede afectar profundamente nuestro bienestar. Si comprendemos cuál es su origen y qué papel desempeña en nuestra historia familiar podremos empezar a relacionarnos con ella más sana, nunca desde la obligación, sino desde el cuidado.

Referencias bibliográficas:

  • Byers, E. S., et al. (2018). Parental guilt induction and psychological adjustment in young adults. Journal of Family Psychology.
  • Gilbert, P. (2010). Compassion Focused Therapy. Routledge.
  • García, F., & Moneta, G. (2013). Family loyalty, individuation, and psychological outcomes in emerging adults. Journal of Adult Development.
  • Hooper, L. M. (2007). The application of attachment theory and family systems theory to the phenomena of parentification. The American Journal of Family Therapy, 35, 113–125.
  • Kim, S., Thibodeau, R., & Jorgensen, R. (2011). Shame, guilt, and depressive symptoms: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 137(1), 68–96.
  • O’Connor, L. E., Berry, J. W., & Weiss, J. (2002). Interpersonal guilt, shame, and psychological problems. Journal of Personality Assessment, 79(3), 598–621.
  • Thompson, R. A., Meyer, S., & McGinley, M. (2000). Understanding values, morality, and guilt in childhood. In Handbook of Emotions (2nd ed.).
  • Steiner, A., Allemand, M., & McCullough, M. (2019). Effects of boundary-setting training on guilt and autonomy. Journal of Counseling Psychology.

Artículo elaborado por Patricia Careaga Repiso, alumna de la Universidad Europea de Madrid, participante en el Programa de Prácticas Universitarias de la Fundación Psicología Sin Fronteras.